Tyr Al’Rand

Mi nombre es Tyr Al’Rand, hijo de de Ion Al’Rand y Tys, y nací hace veintiún años en el pueblo más remoto de Dorin, planeta de origen de los de mi especie, los Kel Dor.

Nací en pleno invierno, y aquí sigo, pese a que el curandero de la aldea aseguró que, por la evolución del embarazo, debía haber nacido cadáver. Esto, junto a mis extraños ojos grises, incluso pálidos, que contrastaban con la intensidad del tono del rojo de mi piel, hizo que todo el mundo me tratara con cierto recelo al principio. Lo de los ojos quizás no hubiera tenido la menor importancia de no haber sido porque el último que nació con los ojos de ese tono en la aldea abandonó el planeta siendo niño, volviendo hacía pocos años para instalarse en las montañas, bajando a la aldea entre cada cinco y siete semanas por suministros, y al que todo el mundo toma por loco.

Volviendo a mis inicios, mi madre murió al darme a luz, y mi padre me considera culpable del suceso, por lo que no hablamos demasiado. Aprendí a sobrevivir de bien jovencito, ya que mi casa era como si fuese habitada por un par de desconocidos testarudos, reacios a conocerse. Debido a que el pueblo, aunque aislado, tenía bastantes niños, se construyó antaño una escuela para que los jóvenes no estorbásemos en casa. Yo empecé a ir al poco de cumplir los cinco años, y creo que no me había aburrido tanto en la vida. El profesor era un anciano que había pasado gran parte de su vida en una ciudad relativamente cercana, y había vuelto al pueblo en sus días de retiro.

El hecho de que yo me aburriera y no mostrara ningún interés por aprender de sus experiencias con varias ramas de la tecnología y la ciencia, que había adquirido en años, no parecía molestarle. Pese a todo, el coincidía en que yo gozaba de un intelecto interesante y, aunque no quería creerlo, ciertamente no me costaba retener todo lo que se contaba aun sin prestar atención y aplicarlo en su medida. Poco antes de cumplir los nueve años, el viejo maestro falleció repentinamente, y no se supo del cierto si fue debido a su edad, ligeramente avanzada, o a la débil constitución que caracteriza a los de nuestra especie. Este hecho hizo que pasáramos los días en el colegio sentados, observando como caía la nieve…

A los diez días de la pérdida, mientras estaba absorto contemplando la nieve caer, un escalofrío recorrió mi espalda, como si hubiera alguien detrás de mí, observándome, pero al volverme no vi nada raro: Todos los jóvenes seguían con sus cosas. A los pocos minutos, la puerta se abrió dando paso a una alta aunque encorvada figura encapuchada, que se hallaba en el umbral. Se quitó la capucha, apareciendo así el rostro de un Kel Dor de mediana edad, con la piel de un color rojo pálido y los ojos de color plateado. La clase enmudeció mientras nos escudriñaba, uno por uno. No se si fue cosa mía o realmente detuvo su fría mirada en mi un instante más de la cuenta. Finalmente, con voz clara, aunque cansada y marcada por los años, anunció:

Mi nombre es Per Troo, y supongo que los que no me hayáis visto por el pueblo habréis oído rumores de “ese viejo loco que vive en las montañas”. Bien, toda locura es relativa, y realmente estoy bastante más cuerdo que muchos de los paranoicos que habitan estos lugares –guiñando un ojo a su auditorio–. Me han pedido que sustituya temporalmente a vuestro anterior y fallecido maestro, y que intente inculcar algo de valor en vuestras cabezotas, hasta que hallen a alguien más… ¿Cómo han dicho? ¡Ah, sí! Adecuado para el puesto… ¡Lo que hay que oír! –Esto último, más que con indignación, lo dijo con cierto tono burlesco.

Inmediatamente se puso a impartir clases. Realmente lo que contaba era mucho más educativo y útil que las viejas historias de su predecesor, pero yo seguía en mi línea, divagando. Cada vez tenía una mayor sensación de que el pueblo, pese a lo terrenal que era, tenía cierto aire místico, y esa sensación se hizo mucho mayor desde que apareció el viejo ermitaño en nuestras vidas. Era una sensación extraña…

Al parecer, el nuevo maestro se percató de mi desatención, y me pidió que me quedara después de clase para ver si encontrábamos algo en lo que pudiera depositar mi interés. Cuando todos se fueron, me llevó a su despacho, por llamarlo de algún modo, y, mientras se sentaba en una alta butaca de piel y nos servía una taza de una extraña infusión, me hizo un ademán para que me sentara. Me senté en otra butaca, esta más pequeña, y al otro lado de la mesa. El despacho estaba lleno de incontables libros de todo tipo, y fue entonces cuando caí en la cuenta de que en estos casi tres años nunca había pisado el despacho. Cogí la taza que me ofrecía, y me la bebí con calma mientras el anciano me observaba sin soltar palabra.

Cuando acabé, me hizo una extraña pregunta:

¿Quién eres tú?

Disculpe, no se si le he entendido bien, pero sabe mi nombre: Está en la lista y lo ha pronunciado sin problemas antes, en el aula.

Se tu nombre, pero quiero que me lo digas tú. También me gustaría saber de donde procedes, y algún atributo o curiosidad tuyos que te apetezca contarme.

Mmm… Bueno, usted sabrá lo que quiere. Mi nombre es Tyr Al’Rand, hijo de Ion Al’Rand, el mecánico del pueblo. Mi madre, Tys, murió al darme a luz, y digamos que mi padre no me lo pasa por alto. –El profesor asintió, indicando que me escuchaba y que siguiera–. Todo el mundo afirma que tengo un intelecto interesante, brillante a veces y, aunque no me guste demasiado, he de reconocer que gozo de cierto carisma. Además, me atrevo a decir que hay pocos con mi coordinación física.

¡Vaya, no tienes pelos en la lengua! –al parecer le hizo gracia mi franqueza.

Digamos que si mi única familia ni me dirige la palabra, pues alguien tiene que ser consciente de mis aptitudes. Por otra parte creo que le comprendo: Se puede decir que, si no fuese por mí, la persona con la que sí decidió compartir el resto de su vida aun seguiría viva…

Ante esto, el viejo se quedo pensativo unos minutos. Después dijo que realmente era mucho más maduro y perspicaz que muchos adultos, y que creía que si no se llegaba a centrar en las clases era porque absorbía la información lo suficiente rápido para perder la atención mientras los demás acababan de hacerlo. Se levantó, fue a por un libro, y regresó. Plantó ante mi un libro de unas doscientas páginas titulado “Electrónica: Conceptos generales” y dijo que si me parecía bien, nos pondríamos cómodos, yo leería el libro y, si tenía alguna duda, podía o bien consultarle o buscar algún libro que pudiera ayudarme, que los había a montones en el despacho. Le miré dubitativo, y empecé a leer. Cuando desperté, aun era claro, apenas habría pasado una hora, pero el maestro había salido y opté por buscar un ejemplar más interesante…

Al rato, encontré una pequeña colección de manuales de pilotaje, medio escondida entre tanto libro, que abarcaban varios niveles de control, y desde pequeños speeders a grandes aerodeslizadores de carga, y leyendo el primero de estos fue como me encontró el maestro Per Troo a su regreso. Así, empecé a quedarme un par de horas después de clases casi cada día de la semana, e iba leyendo libros de todo tipo, aunque siempre acababa regresando a los viejos manuales de pilotaje, ya que me atraía bastante y al parecer el anciano dominaba bastante del tema. Esto, junto con algunos ejercicios de concentración y relajación que me enseñó el anciano para centrarme al leer los tomos más pesados (ejercicios que según él se podían extrapolar a cualquier actividad) se convirtieron en mi rutina.

Pronto mejoró el tiempo con el cambio de estación, y pudimos volver a salir al aire libre en los ratos de descanso entre clase y clase. Un día, una pelota se nos quedo colgada en lo alto de un árbol, y puesto que yo había sido el artífice de tal “obra maestra”, era mí deber trepar para bajarla, y a ello fui. Llevaba algo de tiempo fijándome en que si lograba concentrarme algo antes de hacer cualquier actividad física, por extraño que parezca, el rendimiento mejoraba bastante. Empecé a trepar, y llegué al esférico sin demasiados contratiempos. Le di un leve empujón, y cayó por su propio peso. Había hecho frío la noche anterior, así que había algo de escarcha en el tronco, aunque me percaté de ella demasiado tarde y por las malas.

Lo siguiente que recuerdo era estar en el suelo, boca arriba e intentando recuperar la respiración, cuando entraron en mi campo visual varios rostros con aspecto preocupado. Me dolía tanto todo que apenas lo sentía: una caída desde unos seis metros, cayendo de espalda, plano contra el suelo, no es para menos, supongo. Alguien me levantó por desde atrás, agarrándome por los hombros, para llevarme al interior del edificio y, cuando pude volverme, me di cuenta de tres cosas: la primera, me dolía el brazo horrores, y probablemente estuviese roto; la segunda, quien me levantó y guiaba mis pasos, con paso lento pero constante, era el maestro Per Troo y, por último, tenía la firme sensación de que el rictus de su cara venía motivado por algo más importante que una dura caída.

Continuará…

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